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Bitácora personal de Vicente Ferrer

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El valor del trabajo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Jueves, 10 de Septiembre de 2009 10:07

Se está escribiendo mucho (bien, regular y mal) sobre la crisis económica que nos afecta a toda la ciudadanía, aunque hay un aspecto que, a mi entender, es uno de los más relevantes y graves: la caída del valor del trabajo.

Miles de trabajadores y empresas se han visto obligados a decidir: congelar o incluso rebajar su sueldo… o quedarse sin trabajo. El ahorro en salarios, se perfila como la solución a una oleada de despidos.

La evolución de los precios roza la deflación y las empresas continúan teniendo pérdidas. Ante el cierre de las compañías sólo queda una solución, que ha de ser aceptada por todos los empleados, la reducción o congelación del sueldo. Los expertos debaten sobre la moralidad de esta propuesta, pero, sobre todo, si se trata de una medida positiva desde el punto de vista económico.

En el universo del trabajo autónomo, la caida de precios ha llegado a ser insostenible, los que tienen suerte (más bien, trabajo), deben emplear muchas más horas para conseguir un sueldo normalmente inferior a lo que percibían hace un par de años.

Es posible que la economía se rehaga, pero no sé cuanto costará recuperar (si llega a ocurrir) la capacidad de trabajo, la calidad profesional de los ciudadanos que, a base de ser minusvalorados si no expulsados directamente del mundo del trabajo, están cayendo en situaciones deprimentes.

Señores dirigentes de nuestros destinos, por favor, no midan sólo en cifras la crisis económica, es fundamental para volver a levantarnos, que no quede en el suelo el valor del trabajo. No sé como hay que hacer esto, pero debemos pensar seriamente en ello.

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Última actualización el Jueves, 10 de Septiembre de 2009 23:55
 

Leído por ahí

Ninguno terminamos Derecho. Pero es que nosotros no perseguíamos justicia sino las piernas de Marina. Juan se sentó en la última fila y yo, en la primera. Mientras él procuraba meterle mano, yo prestaba a Marina mis apuntes. La noche que los vi besándose, no pude soportarlo más y todo el peso del Derecho Romano cayó sobre el cráneo de Juan repetidas veces. Nadie quiso defenderme hasta que una mañana se abrió la puerta de mi celda. No necesité levantar la cabeza para reconocer esas piernas. A ella, estaba claro, le gustaban los chicos malos.

Isabel González González